No era solamente
decepción o alguna cuestión existencial que me invadía. Es la monotonía de los
días idénticos, mis dolores de cervical cotidianos que me paralizan, la agonía
de ver desaparecer sin más remedio mis mejores intenciones.
Hace mucho que la
veo. Inmóvil.
Casi yaciendo. En
medio de la vereda. En frente de la escalera, la cual le estorbaba, o me daba
esa sensación, que los demás están de más.
La peatonal hervía
en el mas estricto sentido, los casi cuarenta grados, mas el gentío como
hormigas, hacen más patética la escena.
Siempre está sola,
ni con perros ni con niños, como otros linyeras que invaden el centro, ni pedía, ni decía vender
nada.
Solo estaba ahí.
Inmóvil.
Las moscas le
caminaban, ni un pestañeo inconsciente, ni un tic. Nada. De vez en cuando un
transeúnte le dejaba algo en un tarrito de duraznos, bastante mugriento, que
hacia juego con la mujer, a la cual no le podía dar una edad determinada ni
aproximadamente. A simple vista era vieja. Pero no podía asegurarlo.
Miraba a lo lejos,
como si pudiera ver a través de los muros de los infinitos edificios de la
ciudad hasta un horizonte único, propio, en donde tal vez fue feliz.
La contemplaba y no sabía qué hacer con mi vida.
Por supuesto está
de más decir que no habla con nadie, que no mira a nadie. Ignoraba cuando se
movía para comer o dormir, yo llegaba a esos de las ocho y la mujer ya estaba
en ese lugar, estaba seguro que en algún momento lo hacía, pero nunca la había
visto.
Cierto personaje
nefasto que se le allegaba comentó que se meaba y cagaba encima, lo que
tranquilamente podía suceder metida dentro de esas infinitas polleras, inmune
al calor que invadía todo, el hedor, que de por si esta en las calles de la
urbe, pero me seguía intrigando cuando bebía o comía. Nunca la vi.
Unos trabajadores
del lugar me comentaron, cosa que no me consta, que está sentada sobre dos maderas, como una silla turca o romana, otros que les
pagaba a los municipales para que llevaran y la trajeran todos los días en una
furgoneta, era como un ritual, la depositaban a la madrugada, donde solo están
los canillitas o algún que otro vendedor de café, para que nadie los viera o
les hicieran preguntas y la recogían ya entrada la noche. Cuando los fantasmas
habitan la ciudad. Del mismo modo comentaban que con las mangueras a presión
que limpiaban las veredas y las calles de la peatonal bañaban a la vieja. Vaya
a saber uno. Creer o reventar. Reventar me dije.
Además eso
justificaba, la versión de los municipales, que se pasara todo el fin de semana
ahí. Inmóvil. Yaciente.
De todas formas
nunca lo sabré.
Porque no sé qué
hacer con mi vida.
Yo también miraba
a lo lejos, con mis ojos idos en mi único horizonte feliz.
Yo también estoy inmóvil. Siempre en el mismo
lugar. Yaciendo.
A mí también me
mueven ignotos seres que habitan mi universo.
Daba la impresión
de ese abandono soportable el cual tenemos todos en algún momento del día.
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