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jueves, septiembre 05, 2013

La venusina

A veces no sé qué hacer con mi vida.

No era solamente decepción o alguna cuestión existencial que me invadía. Es la monotonía de los días idénticos, mis dolores de cervical cotidianos que me paralizan, la agonía de ver desaparecer sin más remedio mis mejores intenciones.
Hace mucho que la veo. Inmóvil.
Casi yaciendo. En medio de la vereda. En frente de la escalera, la cual le estorbaba, o me daba esa sensación, que los demás están de más.
 
La peatonal hervía en el mas estricto sentido, los casi cuarenta grados, mas el gentío como hormigas, hacen más patética la escena.
 
Siempre está sola, ni con perros ni con niños, como otros linyeras que invaden el centro, ni pedía, ni decía vender nada.

Solo estaba ahí. Inmóvil.

Las moscas le caminaban, ni un pestañeo inconsciente, ni un tic. Nada. De vez en cuando un transeúnte le dejaba algo en un tarrito de duraznos, bastante mugriento, que hacia juego con la mujer, a la cual no le podía dar una edad determinada ni aproximadamente. A simple vista era vieja. Pero no podía asegurarlo.

Miraba a lo lejos, como si pudiera ver a través de los muros de los infinitos edificios de la ciudad hasta un horizonte único, propio, en donde tal vez fue feliz.

La contemplaba y no sabía qué hacer con mi vida.

Por supuesto está de más decir que no habla con nadie, que no mira a nadie. Ignoraba cuando se movía para comer o dormir, yo llegaba a esos de las ocho y la mujer ya estaba en ese lugar, estaba seguro que en algún momento lo hacía, pero nunca la había visto.

Cierto personaje nefasto que se le allegaba comentó que se meaba y cagaba encima, lo que tranquilamente podía suceder metida dentro de esas infinitas polleras, inmune al calor que invadía todo, el hedor, que de por si esta en las calles de la urbe, pero me seguía intrigando cuando bebía o comía. Nunca la vi.

Unos trabajadores del lugar me comentaron, cosa que no me consta, que está sentada sobre dos maderas,  como una silla turca o romana, otros que les pagaba a los municipales para que llevaran y la trajeran todos los días en una furgoneta, era como un ritual, la depositaban a la madrugada, donde solo están los canillitas o algún que otro vendedor de café, para que nadie los viera o les hicieran preguntas y la recogían ya entrada la noche. Cuando los fantasmas habitan la ciudad. Del mismo modo comentaban que con las mangueras a presión que limpiaban las veredas y las calles de la peatonal bañaban a la vieja. Vaya a saber uno. Creer o reventar. Reventar me dije.  

Además eso justificaba, la versión de los municipales, que se pasara todo el fin de semana ahí. Inmóvil. Yaciente.

De todas formas nunca lo sabré.

Porque no sé qué hacer con mi vida.

Yo también miraba a lo lejos, con mis ojos idos en mi único horizonte feliz.

Yo  también estoy inmóvil. Siempre en el mismo lugar. Yaciendo.

A mí también me mueven ignotos seres que habitan mi universo.

Daba la impresión de ese abandono soportable el cual tenemos todos en algún momento del día.


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